IDILICA MAGAZINE

Oaxaca es un IDILIO, una tierra bella, compleja y diversa.

QUERIDO FRANCISCO:

TEXTO: GUILLERMO SANTOS
FOTOGRAFÍA: TRINE ELLITSGAARD | GINA MEJÍA | JALIL OLMEDO

En primer lugar, perdona que te llame así, que te llame Francisco, que te hable de tú. Todo el tiempo me dirigí a ti como el Maestro. Pero ahora, después de tantos años, después de tantos adjetivos dichos por aquí y por allá, de tantas alusiones a tu inmensa figura, ahora mismo me doy cuenta de que siempre fuiste mi amigo. Siempre fuiste un igual para la gente más modesta, con quienes compartías no sólo tus libros, tus joyas visuales, tu tiempo, sino también un taco. Lo recuerdo así porque solías invitar a los jóvenes a tu mesa para conversar, a compartir tu tiempo, que siempre estaba colmado de responsabilidades, de proyectos, de trabajos y de esfuerzos. Te repartías, no se sabe cómo, como si fueras muchos Toledos.

Lo digo de modo personal pero también lo digo de modo crítico: eras realmente amigo de los jóvenes, quienes se acercaban a ti para aprender, quienes buscaban entre tus libros y tus pinturas una forma de vida, una salida, un empleo. Mantuviste siempre esa mirada maravillada por todo, como si la vejez jamás hubiera llegado, y quizá por eso te sentías tan bien entre la gente joven. Abriste camino en la tierra tan dura, tan inclemente, y muchos pudieron llegar a ser artistas porque tú caminaste esa senda entre la vida cotidiana y el arte. Generaciones de creadores lo saben: ellos pudieron convertirse en lo que son porque tus acervos estaban siempre abiertos para quien fuera capaz de abrir los ojos al mundo. Todos ellos te siguieron en una lucha constante. No te importaba si las causas parecían imposibles. Eso nunca te importó. Nunca dejaste de protestar, aunque la gente fuera sorda o indiferente, aunque tuviéramos los políticos que tenemos. Lo hacías, acaso, porque pensabas que no podías dejar las cosas así nada más. Entonces, cuando tomabas en tus manos una causa, todos te escuchaban y se iban sumando.

Me acuerdo que cuando pasó lo de Ayotzinapa me invitaste a ver las esculturas que les dedicaste, casi a finales de 2014, a los estudiantes desaparecidos. En un par de minutos le diste forma a una bola de barro traído de Zacatecas. Me sorprendió que hubieses tejido una canasta con esa materia informe, que lo hicieras con la misma naturalidad con la que alguien podría doblar una hoja de papel. Mientras lo hacías, me dijiste que lo que había pasado a los normalistas era una desgracia, lo que le hicieron a esos jóvenes… y entonces vi que las lágrimas resbalaron de tus ojos. No necesitaba saber más para darme cuenta de lo sensible que eras realmente a las injusticias. Pero ese modo tan discreto de hacerlo, no lo puedo olvidar. Protestabas de modo interior y exterior. Realmente te estremeció lo de Ayotzinapa y tu manera de protestar fue haciendo Duelo, cuyos decenas de cerámicas tan detalladas, tan dramáticas, tan complejas, te llevaron un par de meses. Cuánta energía emitían tus creaciones. Poco después hiciste que el rostro de esos jóvenes volara en los cielos a través de papalotes. En tus manos un gesto tan poético adquiría enorme potencia. Esa carrera en la calle de Alcalá, con el papalote, le dio la vuelta al mundo.

“Sé que eras amigo de las musas, de los insectos, de las plantas, de los minerales, del viento. Todos ellos te dejaban que los dibujaras. Se acercaban a ti porque tú supiste verlos, les creaste un espacio en nuestra memoria y en el arte. “

Hoy todos los insectos se están muriendo. Y no sabemos si eso va a hacer que también nos extingamos nosotros. No veías con los ojos de la clasificación de la naturaleza de Occidente, no veías a los animales ni en vitrinas ni en aparadores. Los colocabas en tus cuadros como quien pone a sus habitantes en una casa. Y no sólo esos insectos encontraban su casa en tus trabajos. Todos nosotros, todos los que recorrimos tus estantes de libros, tus exposiciones, tus discos, tus películas, nos sentíamos realmente cobijados. Verte caminar por las calles del centro daba una sensación de protección, de sentir que uno tenía raíces. Que había tierra bajo nuestros pies.

Cuando tenía 15 años puse mis pies en tu biblioteca por vez primera. ¿A dónde más podía ir un joven que vivía en la periferia, como casi todos los jóvenes de la ciudad de Oaxaca? Si casi nadie cuida ni hace los parques, si la gente tumba los árboles para poner estacionamientos, si vivimos los estragos de una selva de cemento en la que el paseante se mueve como si viviera en el desierto y deseara una sombra o un lugar amable. Yo buscaba un libro y encontré una casa, tal como muchos jóvenes, como mucha gente que no podía darse el lujo de comprarse una novela o pagarse una entrada para el cine. Tú hiciste que la calle dejara de estar en el exterior. Y con tus bibliotecas, museos y proyectos hiciste de la urbanidad un lugar habitable. Yo estaba feliz, porque tenía a donde ir, !al fin!, porque antes de conocer la biblioteca vagaba de un lado a otro. Me imagino que le pasó a muchos jóvenes, que encontraron en la lectura una forma de expresión. No miento si digo que la rebeldía encontró un cauce en el arte que compartías, y a lo mejor esas personas que en el futuro van a luchar de muchos modos distintos lo harán con las armas que el conocimiento les dio. La sociedad está más preparada porque hay libros. Si la lectura no hace más buenas a las personas, al menos las hace más críticas. Tal vez tu ponías el arte ante los demás porque sencillamente te gustaba compartir lo que más te gustaba.

Con los libros, con esa reunión imponente de libros que es el IAGO, creaste un oasis de miles de años de antigüedad. Tu pintura también solía lucir como si viniese de muy lejos en el tiempo y en el espacio. En ella hablabas de los sueños, de los mitos, de la naturaleza, de un mundo que hoy se está acabando. Tú ayudabas a que todos nos diéramos cuenta de que esas cosas nos hacen humanos. Que no debemos olvidar de dónde venimos. Lo mismo pasó con tu esfuerzo por conservar los otros idiomas de Oaxaca. Imprimías diccionarios, cuadernos, materiales, para que la gente tomara conciencia. Ayudabas a que el mundo siguiera siendo redondo: un lugar donde todo es equivalente e igual de valioso. Con tu arte ayudabas a borrar las jerarquías. Con tu arte hiciste que tomáramos conciencia de lo valioso que es todo lo que está a nuestro alrededor y dentro de nosotros. Tu obra, tan personal, sirvió para crear memoria. Para recomponer la historia. Para demostrar que tan valiosa y bien hecha es una artesanía, un códice, una leyenda, como cualquier otra manifestación cultural en cualquier parte del planeta.

Fui primero lector, luego bibliotecario, luego editor en algunos proyectos tuyos. Nunca me gustó la escuela. Sólo tenía como acceso al mundo los libros del IAGO. Fueron ellos los que me dieron un horizonte. En algún momento, decidí que pasara lo que pasara, sólo quería dedicarme a algo que tuviera relación con la literatura. Y en algún momento tuve la fortuna de que me invitaras a escribir sobre tu labor. Yo, que sabía desde hacia tiempo que eras una persona importante, asumí mi trabajo con asombro y admiración. Pensaba: toda la literatura y el arte está repleta de cosas inusuales, de hechos extraños y afortunados. Quizás esto forma parte también de la ensoñación de la literatura, el que el Maestro Toledo te haga partícipe de su trabajo. Durante estos años me invitaste a escribir para tus exposiciones en México y en otros lugares, en tus catálogos, en tus libros y carpetas. Podías invitar a quien tú quisieras, a cualquier crítico, a cualquier poeta laureado con el que habías trabajado antaño. Y me los pedías a mí porque me querías ayudar. Como a muchos más, yo no sabía que uno podía dedicarse al arte. Pero tú nos mostrabas a los jóvenes que siempre hay caminos alternativos. De verdad luchaste para que mucha gente no se perdiera en esta patria tan difícil. Con cualquier idea tuya le dabas el sustento a docenas de personas.

Cuando un amigo se va se pierden todas las brújulas. No sabe uno dónde está ni el norte ni el sur, ni qué hora es. Me da miedo pensar que ahora que no estés Oaxaca va a perder una de sus fuerzas más grandes de orientación.

“La ciudad tiene un aspecto, un modo de ser, un clima, porque defendiste sus piedras, sus calles, sus árboles. No es ninguna exageración. Lo que tú hiciste va a permanecer. Lo que tú hiciste nos representa a todos nosotros.”

Tú querías que la gente se apropiara de la lectura, del arte, de la cultura. Son tus jóvenes y tus viejos, toda la gente que aprendió algo de ti, quienes van a continuar con tus proyectos. Tenemos que ser un ejército para igualar tus fuerzas. Pero no mantengo dudas de que tu ejemplo lo van a seguir tus alumnos. Sé que no va a haber nadie que haga lo que tú hiciste. Ni en lo artístico ni en la lucha política ni en lo cultural ni en nada. Pero realmente querías que las cosas siguieran funcionando, que la rueda siguiera girando, porque para eso preparaste a tanta gente. A lo mejor, aunque seamos hojas y ramas, y algunos más sean frondosos troncos o simples cortezas, aunque seamos tan diferentes entre nosotros, seguimos siendo parte de un mismo árbol que tú estuviste regando por décadas. Adonde quiera que uno ve, en Oaxaca, ve creación. Hay toda clase de artistas, de todo tipo, artesanos, poetas, músicos, cineastas: también ellos caminan sobre una tierra que abonaste. Contribuiste a hacer de esta ciudad un territorio fantástico.

Te vi muchas veces haciendo ciertas cosas: escarbando, trepando; cargabas cajas, limpiabas las mesas, colgabas mantas. Esos gestos, tan mínimos, eran parte de tu personalidad. Te gustaban las cosas minúsculas. Lo dijiste una vez: “Aquello que puedes tener en las manos tiene una medida sagrada, porque esa es la medida del hombre”. Siempre vi tu trabajo como un elogio a lo sutil, a lo pequeño. El arte monumental, ese arte en el que el hombre ya no tiene medida, no te gustaba. O al menos parecía que eso no te interesaba. Parecía que con ese gesto te rebelabas. Los pintores siempre quieren hacer cuadros grandes, ¿o no? Pero tú te volcabas a lo pequeño. Quizá como un modo de protestar contra nuestro tiempo. Siempre fuiste a contracorriente. No te gustaba ser complaciente con las tendencias. Muchas veces impusiste el itinerario. Seguiste siempre tus propios designios. Y creabas, a veces, piezas para la gente que no podía darse el lujo de tener en casa un óleo o un grabado, objetos que podían comprase con poco: un cuaderno, una postal, un cartel. Y a veces dejabas esas cosas a la mano para que cualquier persona pudiera tomarlo y llevárselo a casa. Al final, con cada creación tuya, con cada pequeño peine, con cada escultura, con cada ornamento, creaste un arte monumental. También fue monumental cambiar por un peso todos los acervos que habías ido reuniendo por décadas. ¿Quién es capaz de hacer las cosas así? Esos gestos permanecerán por siempre. Y hacen que todos nos veamos pequeñitos.

No tengo dudas de que siempre nos has querido. No sé si le decías a los jóvenes cuánto los amabas, cuánto amabas esta ciudad, a la gente, a las plantas, al viento, a la tierra. Pero con cada cosa que hacías lo demostrabas. Nos demostraste con tus actos que siempre nos quisiste. Y, nosotros, como suele ocurrirle a la gente amada, quizá no nos dimos cuenta. Nunca pensamos que te ibas a ir. Pensábamos que, como tu obra, ibas a durar por siglos. Al final, tu figura se volvió tan grande que nos dabas sombra y esa sombra nos defendía de todas las inclemencias y desgracias. Siempre nos quisiste y nunca nos pediste nada a cambio. Nos lo diste todo. ¿Acaso existe otra definición de amor?

Tu arte es heredero de artistas como Klee, Picasso, Miró, creadores con los que nunca quisiste que se te comparara. Porque eras modesto, porque eras escéptico, porque quien piensa que lo que hace está muy bien hecho cae de inmediato en una trampa de vanidad. Tú no caíste en esta trampa. Y por eso no dejabas de hacer. Nunca estuviste satisfecho. Era la gente que sabe la que colocaba tus autorretratos junto a los de Rembrandt. Fueron los críticos quienes remitían tus grabados a los de Goya y Durero. Fueron los académicos quienes ponían tus obras y retrospectivas donde debían estar: junto a los grandes creadores.

Por esto y por tantas otras cosas sé que realmente estás más vivo que nunca. Te verá quien sea capaz de maravillarse con el arte. Te abrazará quien pueda echar una mano a los demás. Vas a acompañar a aquellos que crean en sus sueños. Nunca te has ido. Estás aquí. Sostienes nuestro mundo. Vigilas nuestros pasos. Nos abrazas y nos das palabras de aliento en estos tiempos difíciles. Seguirás siendo nuestro amigo. Cualquier persona que tenga los ojos abiertos va a poder verte.


Dear Francisco:

Firstly, apologies for calling you that, to call you Francisco, to talk to you informally. All the time I addressed you as el Maestro. But now, after so many years, after so many adjectives said here and there, of so many allusions to your immense figure, right now I realize that you were always my friend. You were always an equal for the most modest people, with whom you shared not only your books, your visual jewels, your time, but also a taco. I remember it this way because you used to invite young people to your table to talk, to share your time, that I was always full of responsibilities, projects, jobs and other efforts. You shared, it is not known how, as if you were many Toledos.


I say it in a personal way but I also say it in a critical way: you were really a friend of the young people, who approached you to learn, who looked within your books and your paintings for a way of life, a new idea, a job. You always kept that look of being amazed by everything, as if old age had never come, and maybe that’s why you felt so good among young people. You made your way in a land so hard, so inclement, and many people could become artists because you walked the path between everyday life and art. Generations of creators know it: they could become what they are because your collections were always open to anyone who was able to open their eyes to the world. They all followed you in a constant struggle. You didn’t care if the causes seemed impossible. That never mattered to you. You never stopped protesting, even if people were deaf or indifferent, even though we had the politicians we have. You did it, perhaps, because you thought you couldn’t leave things like that. So, when you took a cause into your hands, everyone listened to you and they joined.

I remember that when the Ayotzinapa thing happened you invited me to see the sculptures that you dedicated, almost at the end of 2014, to the missing students. In a couple of minutes, you shaped a ball of mud brought from Zacatecas. I was surprised that you had woven a basket with the mud within it, and that you did it with the same naturalness with which someone would fold a sheet of paper. While you were doing it, you told me that what had happened to the students was a disgrace, what they did to those young people … and then I saw that the tears slipped from your eyes. I didn’t need to know more to realize how sensitive you really were to injustices. But that discreet showing it, I can’t forget. You protested inside and outside. It really shook you about Ayotzinapa and your way of protesting was by creating Duelo, whose dozens of ceramics were so detailed, so dramatic, so complex that they took you months: how much energy your creations emitted. Shortly after, you made those young people’s faces fly in the skies through kites. In your hands, such a poetic gesture acquired enormous power. That run along Alcalá, with the kite, went around the world.

I know you were friends with the muses: insects, plants, minerals, wind. They all let you draw them. They approached you because you knew how to see them: you created a space in our memory and in art. Today all insects are dying. And we don’t know if that is going to make us go too. You did not see with the eyes of the classification of the nature that comes from the West, you did not see the animals either in showcases or in sideboards. You placed them in your paintings like someone who puts their inhabitants in a house. And not only those insects found their house in your work. All of us, all of us who went through your book shelves, your exhibitions, your records, your movies, felt really sheltered. Seeing you walk through the streets of downtown gave a feeling of protection, of feeling that one had roots. That there was land under our feet.

“With the books, with that imposing meeting of books that is the IAGO, you created an oasis thousands of years old. Your paintings also used to look as if they came from far away, in both time and space.”

In them you talked about dreams, myths, nature, a world that is ending today. You helped everyone to realize that these things make us human. That we should not forget where we came from. The same happened with your effort to preserve the other languages ​​of Oaxaca. You printed dictionaries, notebooks, materials, so that people would become aware. You helped the world remain round: a place where everything is equivalent and equally valuable. With your art, you helped erase hierarchies. With your art, you made us aware of how valuable everything around us and within us is. Your work, so personal, served to create memory. To recompose the story. To show how valuable and well-made a craft, a codex, a legend is, like any other cultural manifestation anywhere on the planet.

I was first a reader, then librarian, then editor in some of your projects. I never liked school. I only had access to the world through IAGO books. It was they who gave me a horizon. At some point, I decided that whatever happened, I just wanted to devote myself to something that had to do with literature. And at some point, I was fortunate that you invited me to write about your work. I, who had known for a long time that you were an important person, took up my work with amazement and admiration. I thought: all literature and art was full of unusual things, strange and lucky facts. Perhaps this is also part of the reverie of literature, that Maestro Toledo makes you a participant in his work. During those years you invited me to write for your exhibitions in Mexico and elsewhere, in your catalogues, in your books and folders. You could invite whoever you wanted, any critic, any poet laureate, with whom you had worked in the past. And you asked me because you wanted to help me. Like many others, I did not know that one could devote themselves to art. But you showed us young people that there are always alternative paths. You really fought so that many people would not get lost in this difficult country. With any idea of ​​yours, you gave support to dozens of people.

When a friend departs, all direction is lost. You don’t know where the north or the south is, nor what time it is. I am afraid to think that now that you are not here Oaxaca will lose one of its greatest guiding forces. The city has a vision, a way of being, a climate, because you defended its stones, its streets, its trees. It is no exaggeration. What you did will remain. What you did represents all of us.

You wanted people to appropriate reading, art, culture. They are your young people and your old people, everyone who learned something from you, who are going to continue with your projects. We have to be an army to match your force. But I have no doubt that your example will be followed by your students. I know there will be no one to do what you did. Neither in the artistic nor in the political struggle or in the cultural or in anything. But you really wanted things to keep working, to keep the wheel spinning, and that’s why you prepared so many people. Maybe, although we are leaves and branches, and some more are leafy trunks or simple barks, although we are so different, we are still part of the same tree that you were watering for decades.

“Wherever one sees, in Oaxaca, sees creation. There are all kinds of artists, of all kinds, artisans, poets, musicians, filmmakers: they also walk on a land you made fertile. You helped make this city a fantastic place.”

I saw you many times doing things: digging, climbing; you carried boxes, cleaned tables, hung blankets. Those gestures, so minimal, were part of your personality. You liked tiny things. You said it once: “What you can hold in your hands has a sacred measure, because that is the measure of man.” I always saw your work as a compliment to the subtle, the small. Monumental art, that art in which man has no measure, you did not like. Or at least it seemed that you were not interested. It seemed that with that gesture you rebelled. Painters always want to make large paintings, don’t they? But you turned small. Maybe as a way to protest against time. You always went against the tide. You didn’t like being complacent with trends. Many times, you made the itinerary. You always followed your own designs. And sometimes you created pieces for people who could not afford to have an oil or engraving at home, objects that could be bought with little: a notebook, a postcard, a poster. And sometimes you left those things at hand so that anyone could take them home. In the end, with each creation of yours, with each small comb, with each sculpture, with each ornament, you created a monumental work of art. It was also monumental to change for a peso all the collections that you had been gathering for decades. Who is capable of doing things like that? Those gestures will remain forever. And they make us all look tiny.

I have no doubt that you always loved us. I don’t know if you told young people how much you loved them, how much you loved this city: the people, the plants, the wind, the earth. But through everything you did you proved it. You showed us with your actions that you always loved us. And, as usually happens to loved people, we didn’t realize. We never thought you were going to leave. We thought that, like your work, you would last for centuries. In the end, your figure became so great that you gave us shadow and that shadow defended us from inclemency and misfortune. You always loved us and never asked us for anything in return. You gave us everything. Is there another definition of love?

Your art is heir to artists like Klee, Picasso, Miró, creators with whom you never wanted to be compared. Because you were modest, because you were skeptical, because whoever thinks that what he does is very well done immediately falls into a trap of vanity. You did not fall into this trap. And that’s why you kept doing things. You were never satisfied. It was the people who knew who placed your self-portraits next to Rembrandt’s. It was the critics who compared your engravings to those of Goya and Dürer. It was the academics who put your works and retrospectives where they should be: next to the great creators.

For this and for so many other things I know that you are really more alive than ever. He who can marvel at art will see you. He who can lend a hand to others will hug you. You will accompany those who believe in their dreams. You have never left. You are here. You hold our world. You watch our steps. You hug us and give us words of encouragement in these difficult times. You will remain our friend. Anyone with open eyes will be able to see you.

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